Hoy, pasadas las 8.30, el silencio en la Sala de Grandes Juicios de Salta solo era interrumpido por el murmullo de los abogados y el clic de las cámaras. En ese escenario comenzó el debate oral contra José Eduardo “Jota” Figueroa, el hombre que pasó de los círculos más exclusivos de "La Linda" a sentarse en el banquillo de los acusados por el femicidio de su esposa, Mercedes Kvedaras.
La disposición de los bancos narraba, por sí sola, la magnitud de la tragedia: a la izquierda del tribunal, el círculo íntimo de Figueroa; a la derecha, la familia Kvedaras. Entre ambos, un abismo de tres años de dolor y ni una sola mirada cruzada. La tensión alcanzó su punto máximo cuando Figueroa, vestido con un pantalón beige, un cárdigan al tono y una camisa blanca, ingresó a la sala escoltado por cuatro guardias de la penitenciaría. Se lo veía esquivo, con la mirada perpetuamente baja, perdida en las baldosas del recinto, refugiándose en las indicaciones de su defensor, Juan Casabella Dávalos, mientras la fiscalía, representada por Luján Sodero Calvet, y el querellante de la familia de la víctima, Jorge Ovejero, preparaban una acusación que resultó demoledora.
Horror en un country: mató a su esposa, quiso ocultar el crimen y ahora será juzgado en Salta"Su voluntad era matarla"
La fiscalía y la querella fueron los encargados de ponerle palabras al horror. La lectura de la acusación fue un martilleo constante de evidencias. Mercedes no solo murió; fue "anulada". El informe forense habla de una voluntad inequívoca de matar: más de 40 lesiones, un puñetazo técnico para reducirla y una asfixia mecánica que se prolongó en el tiempo. Según la fiscalía, Figueroa no veía en ella a una compañera, sino a un “objeto de su propiedad” al que hostigaba, controlaba y humillaba bajo una celotipia que se volvió mortal cuando ella decidió decir "basta".
"Me nublé": el descargo de José Figueroa
Aunque hoy se negó a declarar de forma presencial, su defensa solicitó la reproducción de un video con su testimonio del 11 de agosto de 2023. En ese registro, Figueroa intentó justificar su accionar bajo una supuesta narrativa de infidelidad y arrebato:
“Con Mer vivimos muchos años juntos. Durante esos años, tuve una familia. A los Kvedaras los considero mi familia. No sé si ellos me odian ahora. Con Mer tuvimos momentos muy lindos, como cuando nacieron nuestros hijos, pasamos momentos malos en los que tuvimos que enfrentar algunas infidelidades, pero decidimos reconciliarnos y volver a pelear por la familia (...) Empecé a notar cambios en ella, distancia, me dejaba de lado. Empecé a sospechar que ella podría estar con otro hombre. Solíamos ir al cerro juntos, y un día no quiso. Noté que se cambiaba y me pareció raro. La seguí. Ella se dio cuenta que la seguía y se puso violenta conmigo, solo con palabras, nunca físico. Yo le conté a mi mamá llorando lo que estaba pasando y que me iba a tener que separar. Ella (Mercedes) me aceptó que estaba con otro tipo y no me dijo quién era. Solo me dijo que era un tipo que se había separado y vivía en San Lorenzo (...) Quería que sea una separación tranquila. Tuve que empezar a tomar pastillas para dormir. (...)
Esa noche (el 4 de agosto de 2023) no pude dormir nada. Esa mañana estaba dispuesto a hacer nada porque había tomado pastillas. La escucho renegar con los chicos. Ella estaba en el antebaño, estaba como nerviosa, y me cuestionaba que si se tenía que ocupar de los chicos. Le dije: 'Te la pasas afuera, ¿de qué te quejas?'. Y ella me dijo: 'Bueno, en algún lado la tengo que pasar bien'. Me nublé, la agarré como para zamarrearla. Nos fuimos agarrados contra el baño, forcejeamos y nos caímos en la bañera. No sé cuánto pasó, ella estaba de espaldas. Me levanto y ella no se movía, no reaccionaba, no la podía levantar. Intento sentarla, cae al piso con los ojos abiertos, boca arriba. Ahí dije: me tengo que suicidar. La agarré de los brazos y la arrastré. Agarré un cuchillo de la cocina, su cartera y los celulares. Me quería ir a lo de mi papá, porque sabía que tenía un revólver, pero cuando fui había dos autos estacionados. Fui abajo del terreno y le mandé un mensaje a mi mamá y a mi suegra para que cuiden a mis hijitos. Eso me preocupaba, me corté por todos lados. Nunca tuve intención de matarla a Mer”.
La voz de una madre: entre el dolor y la libertad
El momento de mayor carga emotiva y tensión en la Sala de Grandes Juicios llegó con la declaración de María del Valle Jiménez de los Ríos, madre de Mercedes. Con una entereza que silenció el recinto, comenzó con una sentencia firme: “Nada me devuelve a mi hijita. Por lo que hizo se merece la pena máxima”.
María relató el calvario que su hija intentaba ocultar bajo una fachada de normalidad. Recordó que días antes del crimen, Mercedes fue a verla al trabajo en un estado de angustia total: “Mamá, no me hagas bajar porque no estoy bien”. Allí le confesó que el matrimonio estaba roto y que ya le habían comunicado la decisión de separarse a sus hijos. Según la madre, Mercedes vivía en un estado de terror absoluto que ella, en su rol de madre protectora, no llegó a dimensionar a tiempo: “Él estaba endemoniado y enfurecido. No tomé la magnitud de su temor. Yo le pedía que aguante por sus hijos, que no abandone su casa, pero ella insistía en que tenía miedo, que él estaba violento”.
La declaración reveló un perfil de Figueroa marcado por la posesividad y la humillación constante. María detalló cómo el imputado denigraba a Mercedes con insultos como “trola, pajera, pirata y dientes de conejo”. Además, denunció que el maltrato físico no era algo nuevo: “Mer le confesó a su hermana que él una vez ya la había agarrado del cuello”. Según su testimonio, Figueroa ejercía un control total basado en la manipulación económica y psicológica: “Le decía: 'No tenés donde caerte muerta, ¿te vas a ir a vivir a un departamento?'”.
Uno de los puntos más crudos fue la descripción del trato de Figueroa hacia su hijo mayor, a quien utilizaba para herir a Mercedes: “Con su hijo mayor eran tremendos los maltratos. Era muy violento, lo agarraba de la mandíbula, lo ahorcaba. El miedo de mi hija era por sus hijos; el niño estaba envenenado por su papá, era su prisionero para tener el control”.
Hacia el final de su declaración, María del Valle conmovió a los presentes al hablar del presente de sus nietos y el legado de su hija: “No siento odio ni rencor. Ella ahora por fin está bien, por fin está en libertad. Y ella, de esta manera, liberó a sus hijos. Hoy son niños felices, llenos de amor y cambiaron su actitud con la vida. Ahora viven de verdad”. Entre los restos de la vida que Mercedes dejó en El Tipal, su familia rescató un "papel verde" donde ella había escrito sus diez deseos, anhelos simples que Figueroa le arrebató: un buen empleo, amigos, recibirse y, por sobre todo, lo mejor para sus hijos.
Crónica de una mañana fatal
La reconstrucción de los hechos prestados por la Fiscalía sitúa el inicio del horror entre las 8:00 y las 9:00 de la mañana de aquel viernes. Todo comenzó con un comportamiento inusual: a las 7:20 AM, Figueroa le pidió a un vecino que llevara a su hijo al colegio porque él "no podía hacerlo". El testigo fue clave al notar a un Figueroa angustiado, vestido de sport cuando habitualmente a esa hora ya vestía traje para su jornada laboral. Apenas 12 minutos después de que el menor fuera retirado, el vehículo de la familia salió del domicilio de El Tipal.
El ataque mortal, según las pericias de criminalística, ocurrió en el sector del baño y antebaño del cuarto principal. Allí, entre forcejeos y una resistencia desesperada de Mercedes, se halló uno de sus aros. Figueroa la agredió brutalmente con golpes de puño para reducirla y luego la estranguló y sofocó mediante una asfixia mixta. Tras el crimen, trasladó el cuerpo en su camioneta Volkswagen Taos hacia un terreno baldío al final del barrio.
A las 8:52 AM, Figueroa envió un audio a su suegra que selló su destino: “María, perdón, no aguantaba más. La verdad que con Mer nos hicimos mucho daño. Yo hace mucho que vengo sufriendo mucho con ella también... ya ni siquiera como padre funcionaba, no iba a poder seguir”. En ese mismo mensaje, dio instrucciones sobre sus hijos, pidiendo que no les falte nada material y que les explicaran que "los quería mucho", consciente de que acababa de romper su futuro para siempre.
Cerca de las 11:30 AM, el horror se hizo visible. La madre y la cuñada de Mercedes hallaron el vehículo; en el asiento trasero, Mercedes yacía sin signos vitales, cubierta por toallones blancos. Figueroa estaba en el asiento delantero con un corte profundo en la garganta y cubierto de sangre junto a un cuchillo de cocina. Las heridas en su cuello y muñecas fueron calificadas por los médicos como autoinfligidas, mientras que en sus antebrazos presentaba marcas compatibles con las acciones defensivas de Mercedes.
Las pruebas genéticas fueron catalogadas como "categóricas": se encontró ADN de Figueroa bajo las uñas de Mercedes y material genético de ella bajo las uñas de él. El Servicio de Biología Molecular confirmó que la presión para la asfixia se ejerció directamente con las manos del imputado, dejando rastros genéticos en la zona del cuello de la víctima.